La depresión es una enfermedad exageradamente dolora , así lo atestiguan todos cuantos la han sufrido y también quienes por razones de profesión, les acompañan en ese doloroso proceso. Estas son afirmaciones que hacen los psicólogos y terapeutas que ayudan a personas con depresión y aseguran que el sufrimiento del depresivo es horrible y no equiparable a ninguna otra enfermedad. Hasta el extremo, según aseveran, de que muchos de ellos cambiarían su enfermedad por cualquier otra dolencia.

El insufrible tormento que confiesan sufrir se pone de relieve cuando se comprueba que muchos de los depresivos piensan en la muerte como la salida menos mala o, peor aún, como una verdadera liberación. Tal vez sea esa la mayor desgracia a que debe hacer frente el deprimido: comprobar que la tristeza que le paraliza es tan profunda que ha aniquilado lo último que, conforme reza la sabiduría popular, se pierde: la esperanza. Según estudios hasta el 40% de los suicidios van asociados a enfermedades depresivas.

¿Cómo puedes ayudar a una persona con depresión?

La familia tiene un gran factor terapéutico. La relevancia que en semejantes circunstancias adquiere la familia como elemento de contención y ayuda merece ser destacada. La familia se convertirá en un instrumento importante para ayudar a una persona con depresión si sabe mantener el temple, supervisar la ansiedad y actuar siguiendo las pautas que, conforme a lo que aconsejan los especialistas son las más indicadas en el trato con alguien que padece una grave depresión.

0.- Conocer los síntomas
He querido ponerlo como el paso número ” cero ” porque lo más importante para ayudar es conocer, por eso tienes que estar muy atento a los siguientes síntomas:

  1. Anímicamente deprimido: Deja de participar e iniciar actividades sociales
  2. No tiene motivación: Pierde el interés por actividades de las que antes disfrutaba
  3. Alteraciones del sueño: Este apartado engloba tanto las dificultades para dormir como para despertarse temprano
  4. Pérdida de energía: Sensación de cansancio
  5. Auto-culpa: Sentimientos de inutilidad y culpa por todo
  6. Poca concentración: Dificultades para pensar
  7. Trastornos del apetito: Empieza a comer demasiado o muy poco
  8. Pensamientos de suicidio: Pensar que la única solución es quitarse la vida
  9. Pesadez psicomotora: Presenta una ralentización de pensamientos y movimientos corporales

1.- Ponerse en manos de profesionales
La depresión es una enfermedad grave. La intervención terapéutica sobre el depresivo no puede dejarse a cargo de personas con buena fé que siempre tienen un consejo y un sin fin de indicaciones. Suelen creer poder sacarle del pozo de desolación en el que se siente hundido.
Lo único cierto es que el principio de la curación pasa por convencerle de que precisa la intervención de especialistas en psiquiatría o en psicología. Convencerle, no siempre y en toda circunstancia resultará simple, pero es absolutamente indispensable. El tacto y la delicadeza con que efectúen esa tarea contribuirán a vencer resistencias y superar recelos. En cualquier caso, la familia deberá mostrarse persistente a este respecto, preparada siempre y en toda circunstancia a acompañar al enfermo a la consulta médica y no oponerse, si de esta manera lo aconsejan los profesionales, a su internamiento.

2.- Ayudarle a admitir la depresión
Nadie es culpable de sufrir una enfermedad. Cuando esta se instala en una casa, tanto quien la sufre como quienes le rodean quedan de forma profundamente afectados. Es bastante difícil para la persona enferma aceptar su condición o enfermedad. Tampoco es simple para el resto verlo como una enfermedad y no como una persona que no esta bien de la cabeza, en muchos casos lo tomaran por débil, loco, etc…. No obstante, el principio de todo proceso terapéutico pasa por asumir esa situación es reconocer el hecho, admitir las limitaciones que supone para el enfermo y para su ambiente, modificar las expectativas que pudieran tenerse y ayudarle a que, tras el natural periodo de negación, tristeza o rabia, acepte lo que no está en sus manos eludir. Si eso se consigue y se sostiene el propósito de cooperar con los especialistas en salud mental, se habrá entrado en la vía que conducirá a disminuir las consecuencias de la depresión.
 


Más de 450 millones de personas en todo el mundo sufren depresión en algún momento de su vida. Se ha convertido en el trastorno mental más común y habitualmente se sufre junto con otras dolencias emocionales como adicciones o ansiedad.

 
3.- Estar a su lado
Quienes nunca hemos experimentado un episodio depresivo podemos tener dificultades para entender el grado de sufrimiento, desamparo y pérdida de sentido en que queda sumido el depresivo.

No necesita piadosas recomendaciones, ni constantes invitaciones a que levante el ánimo o a que ponga más de su parte. Necesita personas empáticas que no le juzguen, que le muestren entendimiento, que simplemente sepan estar a su lado.

4.- Respetar sus silencios
Para ayudarlo hay que hacerle ver que lo entendemos y que estamos dispuestos a ayudarle, respetando sus estados de ánimos. Tenemos que mostrar disposición a escucharle, si quiere charlar, y entendimiento y respeto, si prefiere guardar silencio. Sin olvidar que la tendencia al aislamiento y la complejidad comunicativa forman parte de la sintomatología del depresivo.

Es absurdo presionar a una persona con depresión para que se muestre sociable.
 


La depresión es una enfermedad en aumentos en todos los grupos de edades, a pesar de los 50 millones de euros gastados anualmente en depresivos.

 

5.- No solicitar explicaciones al depresivo
Simplemente, porque no las puede dar. Tampoco sabe qué le pasa y por qué razón ha caído sumido en una depresión. Exigírselas es una torpeza que le provocará irritación. Y que fortalecerá su convicción de no ser entendido. Demandar explicaciones racionales para algo que nada debe ver con la razón, no es, si se me permite la redundancia, nada razonable y fortalece al depresivo en su experiencia de profunda soledad. Lope de Vega que sufrió graves depresiones, dijo: “Si me preguntase a mí qué mal tengo, no sabría responderme, por bastante tiempo que lo pensase”.

6.- Huir de los consejos
Las invitaciones a que se anime, a que ponga de su parte, a que salga, a que se divierta, a que participe en actividades… son indicaciones condenadas al fracaso. Sencillamente, por el hecho de que no está en sus manos seguirlas.

7.- No presionar a la persona depresiva
La depresión no es una enfermedad que se que se elija. Tampoco algo cuya superación dependa de la libre voluntad. Insistirle para que se comprometa con actividades con las que no se siente cómodo resulta contraproducente.

8.- Transmitirle esperanza
La vivencia depresiva es difícilmente definible. La pena, la desesperanza, la sofocación, la desgana, la sensación de impotencia se amalgaman en lo más hondo del alma y hace que quien experimenta estas sensaciones sienta o piense que esta en un callejon sin salida, como en una obscura mazmorra de la que jamás podrá ser liberado. Quienes le son más próximos siempre podrán ofrecerle un pellizco de esperanza. Y hacerlo con legítima congruencia persuadiéndole de que, si bien en esos momentos no pueda entenderlo, sí que hay salida de esa cárcel y luz al final de su túnel. La depresión es una enfermedad tratable y quien sigue las pautas que le marquen los profesionales puede abrazar la lícita esperanza de que llegará la mejora.

9.- Fortalecer positivamente a la persona con depresión
Un rasgo relevante del depresivo es su déficit de autoestima. Tiende a ignorar sus luces y a recrearse en sus sombras, a recordar sus fracasos y a pasar por alto las ocasiones en que le sonrió el éxito, a destacar sus defectos y subrayar sus debilidades, obviando sus virtudes y los méritos contraídos durante su vida. En tales circunstancias, el papel de la familia es clave para asistir a una persona con depresión. ¿De qué manera?, pues resaltando sus cualidades, poniendo en valor las múltiples capacidades que acumula y, sobre todas las cosas, lo mucho que a pesar de las contrariedades del instante presente, él o bien ella significan para quienes tanto le quieren.

10.- Cuidarse a sí mismo
Como último punto quiero decir que convivir con el depresivo es todo menos simple. Los estados de ánimo son contagiosos. Cuando son negativos tienden a generar en su ambiente experiencias dolorosas y emociones contradictorias, de bastante difícil manejo. Ayudar a una persona con depresión es un reto no menor para el que hay que saber prepararse y frente al que uno debe protegerse. No es sencillo convivir y cuidar de alguien que se ha instalado en la tristeza, que puede tener comportamientos no fáciles de entender y con quien la comunicación es siempre y en todo momento complicada.

Un fallo grave es dejarse atrapar por el duro oficio de cuidador, eliminando espacios en los que se puedan atender las propias necesidades. Quien no sabe cuidarse difícilmente va a poder ser un buen agente de ayuda para una persona con depresión. Terminará culpabilizando al enfermo, perpetuando la situación de la que pretendía liberarlo. Velar por uno mismo, lejos de ser una expresión de egoísmo, constituye siempre y en todo momento una garantía de eficacia en el tratamiento del familiar enfermo. Como lo es no alejarse demasiado de este decálogo que propongo para ayudar a alguien con depresión.