Lo que se de la depresión y los doctores no cuentan

Recuerdo la primera vez que charlé con una persona diagnosticada con depresión sobre su trastorno. Me llamo la atención que su pastillero tenía marcados los 7 días de la semana en las tapas y era suficientemente grande para las cuatro o cinco pastillas diarias.

No charlamos mucho (tal vez el hecho de que fuera adolescente y que nos conocíamos hacía poquísimo tiempo influyeron), pero fue más que suficiente para dejarme pensativo en todo lo que me conto. Me resultó muy intrigante oír (por primera vez) que un trastorno de salud mental pudiese tener tantas repercusiones en la salud física. A día de hoy pienso en todas las cosas que esta persona pudo haber pasado, que eran inconcebibles para mí en ese momento: ¿de qué manera pudo haber perjudicado a su trabajo, o bien a sus relaciones familiares y con otras personas?, por poner un ejemplo.

Rachel Kelly, era una periodista del prestigioso periódico “London Times” y autora del libro Arcoíris Negro: De qué manera me curaron las palabras, Mi viaje por medio de la depresión). Ella, de la misma manera que muchos, ya antes de sufrir depresión tenía una visión limitada de lo que este trastorno significa y trae aparejado. Durante los años fue descubriendo a través de la experiencia múltiples aspectos de la depresión que no solo eran nuevos para ella, sino además que estos temas son poco hablados tanto en el consultorio médico como entre amigos o parejas.
 

Lo que se de la depresión y los doctores no cuentan

Lo que se de la depresión y los doctores no cuentan. Todos en la vida pasaremos por la Depresión, ¡mejor saberlo todo!

 
Rachel escribió un artículo “Lo que aprendí de la depresión y lo que ciertos doctores no te cuentan,” en el que comparte enseñanzas que le ha dejado la experiencia tras por la depresión, con un claro objetivo: “solo con una mentalidad más abierta y realista sobre esta enfermedad podemos reducir el estigma y explorar nuevas curas y tratamientos.”

Aquí tenéis un resumen de lo que Rachel Kelly aprendió sobre la depresión.

Ya antes de padecer depresión clínica, creía que “estar deprimida” significaba un lento descenso en el estado de ánimo y en el anímico. La depresión puede de esta forma, pero mi experiencia fue diferente.

Lo que se de la depresión, lo primero que aprendí es que la depresión puede llegarte en cualquier momento de tu vida, es una sombra que no avisa y cuando menos te lo esperas se apodera de ti.

Puedo rememorar el instante en que supe que había perdido mi batalla contra un contrincante terrorífico. Nuestra casa en la pequeña Notting Hill, Londres Oeste, estaba llena con familiares, amigos y vecinos para nuestra celebración anual de Navidad: habían venido compañeros del periódico, abogados y escritores, como políticos conservadores, incluyendo múltiples que podrían postularse para dirigir el país.

Yo trataba de ser la anfitriona consumada, haciendo que todo el mundo se conozca y lo pasen bien. Mi fallo fue detenerme un momento para respirar en la cocina, entonces vi en la mitad de las copas sucias y las bandejas vacías. En ese instante comencé a sentirme mal y note como se abría la trampa.

Lo que se de la depresión, la segunda cosa que aprendí sobre la depresión: puede presentarse con síntomas físicos preocupantes. Los míos incluyeron náuseas – me sentía tal y como si estuviese a puntito de devolver y no podía comer. Y creí que tenía un ataque cardiaco – mi corazón latía brutalmente.

El síntoma más terrible fue una activa sensación de temor ante un desastre que estaba por acontecer. Algo horrible iba a pasar y no podía hacer nada para detenerlo.

Un psiquiatra me dio pastillas para dormir, me ayudaron a descansar. Pero en el momento en que me despertaba, todos y cada uno de los síntomas volvían. Pronto estaba tomando antidepresivos para tratar mi ansiedad, beta bloqueadores para frenar mi corazón acelerado, otras drogas para reducir las náuseas, y pastillas para dormir de noche.

El doctor John Horder, un ex- presidente del Britain’s Royal College of General Practitioners (Instituto Real Británico de Médicos Generales), una vez vinculó los efectos físicos de la depresión a dolores coronarios. Afirmó que si tuviese que seleccionar entre padecer cólicos nefríticos, un ataque cardiaco, o bien un episodio de depresión severa, el evitaría la depresión.

Lo que se de la depresión, un tercer aspecto que descubrí de la depresión, que los psiquiatras naturalmente no tienden a compartir, es el tiempo que pueden tardar los antidepresivos en que hagan sus efectos. Apropiadamente, los doctores procuran darnos la esperanza de que nos recuperaremos de manera rápida.
La Asociación Americana de psiquiatría es cautelosa con sus palabras en su web. “Los antidepresivos pueden generar alguna mejora en la primera o bien segunda semana de empleo.” Prestá atención al “pueden.”

Los fármacos parecían no tener efectos, por lo menos no las primeras 6 semanas. El inconveniente fue que esas 6 semanas fueron las más largas de mi vida. A lo largo de ese tiempo tuve pensamientos suicidas, y mi único consuelo vino de la oración y la poesía, que me proveían lo que Robert Frost llamó “una estancia momentánea contra la confusión.”

No estoy segura sobre a qué otra cosa puedes asistir cuando sueñas con finalizar tu vida y los medicamentos parecen estar haciendo nada. Mi línea preferida de Corintios afirma “Mi fuerza se mejora en la debilidad.” De alguna forma le dio sentido al horror. Surgiría más fuerte. Repetiría la oración, como un mantra. Fue la primera muestra de voluntad positiva.

Lo que se de la depresión, lo cuarto que aprendí y nuevamente es una cosa que los psiquiatras no tienden a enfatizar, son los terribles efectos secundarios que vienen con los antidepresivos. Mediante los años, tomé diferentes géneros de antidepresivos, incluyendo los tradicionales tricíclicos o bien TCAS, como las generaciones más nuevas de pastillas, conocidas como ISRS, o bien inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina. Todos tuvieron efectos secundarios.

Estos incluyeron el incremento de peso: mido uno con cincuenta y dos m., y en general peso en torno a cincuenta kgs. Los fármacos me hicieron subir cerca de ocho kgs. Asimismo me hicieron sentir náuseas. Algunos hicieron que mi lengua se sintiese congelada, un desierto tras mis dientes. Mis labios se partieron. En ocasiones me sentía tal y como si estuviese vestida con plomo. Si, los fármacos funcionaron en el sentido de que la sensación de que mi mundo se desmoronaba se redujo, ahora me sentía como un insecto atrapado en ámbar.

Lo que se de la depresión, la quinta cosa que descubrí, y es otro aspecto de la enfermedad que los psiquiatras tienden a silenciar, es lo bastante difícil que puede ser dejar los antidepresivos. Tras mi segundo episodio depresivo, me llevó cerca de dieciocho meses, y a lo largo de ese tiempo no pensé en otra cosa.

Lo que aprendí es que los antidepresivos son fármacos serios para una enfermedad seria, y también que deberían de ser utilizados por períodos cortos. Lo que Freud llamó nuestra “infelicidad humana ordinaria.” Los doctores deben dejar esto más claro.

Lo que se de la depresión, la sexta cosa que aprendí fue que necesitaba cambiar radicalmente mi vida para reducir las oportunidades de enfermarme nuevamente. La terapia me enseñó que debía reevaluar lo que comprendía como definición de éxito. Debía enfrentar la verdad incómoda de que intentar “tenerlo todo” – ser esposa, madre, mujer de carrera y anfitriona –  lleva a la “crisis”.

Mi descenso a la depresión es una historia con moraleja para cualquiera que trata de hacer malabares con las múltiples demandas del trabajo, la familia y sus necesidades de estatus y aprobación sobre su bienestar sensible y salud.

Ahora, trato y llevo una vida suficientemente buena. Tengo cuidado con mi perfeccionismo, y he intentado desarrollar una voz interna más clemente, menos juzgadora de mí y de otros.

Mi caja de herramientas de estrategias para vencer lo que Winston Churchill llamó el “Perro Negro” ejercita los poderes curativos de la poesía, la que conocí por vez primera cuando estaba agudamente enferma. Es sin coste, no tiene efectos secundarios, me arraiga en el presente, hace que deje de preocuparme por el futuro o bien de arrepentirme del pasado, y me da un relato positivo en la cabeza.

El ejercicio es vital, y asimismo lo es la dieta. Ahora estoy a favor de las vitaminas B (atún, lentejas, huevos, legumbres, verduras de hojas verdes), una deficiencia de ellas puede llevar a la “depresión profunda.” Aprender a practicar mindfulness asimismo ayuda a bajar los niveles de agobio – enfocarse sin juzgar en lo que se experimenta en el instante.

Mi otra estrategia es implicarme en acciones nobles, lo que George Eliot llamó “actos ahistóricos” de bondad. Siempre y en todo momento me siento mejor tras uno de los taller de poesía que dirijo en nuestra cárcel local o bien tras ser voluntaria para organizaciones beneficiosas de salud mental.

Desde el momento en que escribí lo que me pasó, me dí cuenta de que no estoy sola. Recibí contestaciones de cientos y cientos de otros cuyas experiencias de depresión fueron afines.

Mi esperanza en compartir lo que aprendí es que todos podamos ser más abiertos sobre las distintas formas en que la depresión puede afectar a las personas. Es una enfermedad que puede llegar súbitamente, con síntomas físicos terribles, y el tratamiento con medicación no siempre y en toda circunstancia está exento de efectos secundarios.

Por otro lado, una vida privilegiada no significa una salud privilegiada.