El uso de los fármacos destinados a tratar los síntomas del TDAH ha crecido un 145% en los últimos 10 años

 

El número de niños atendidos por el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) ha aumentado notablemente en España en los últimos años, como demuestra por ejemplo que el uso de fármacos para esta patología haya crecido en la última década un 81,3 por ciento en niños y hasta un 145,5 por ciento en el caso de las niñas. Así lo aseguran expertos de la Universidad Oberta de Catalunya (UOC), que consideran que esto se debe a que hay más conciencia del problema y más herramientas para detectarlo, pero también un “sobrediagnóstico” por el que “muchas veces se coloca a un niño la etiqueta de TDAH cuando en realidad sólo es un niño inquieto”.

Como seguramente ya sepas, los síntomas principales de este trastorno son:

  • Dificultad para poder concentrarse
  • Problemas para comprender las instrucciones y órdenes dadas
  • Inquietud. A los niños con TDAH les resulta muy difícil estar sentado más de diez minutos
  • Muestras de impaciencia y escasa tolerancia a la frustración

Son algunos de los síntomas que se asocian a este trastorno y que pueden llevar a los padres a la consulta del médico ante la sospecha de que su hijo padece TDAH. Pero no basta con esta sintomatología, ya que para llegar a este diagnóstico es necesario que estas conductas sean “muy repetitivas, intensas y que se manifiesten en más de un ámbito”, ha explicado Noemí Guillamón, que es directora del máster universitario de Psicología Infantil y Juvenil de la UOC.

“Si un niño es muy movido en la escuela pero en casa no, esto no es TDAH”, ha añadido Amalia Gordóvil, que también es psicóloga infantojuvenil y familiar en el centro GRAT de Barcelona. Ambas expertas admiten que este sobrediagnóstico se atribuye por un lado a los intereses de la industria farmacéutica y a una mala interpretación de los profesionales. Pero también a los cambios sociales y al estilo de vida estresante y agitado que tenemos los adultos. “Los padres de las generaciones anteriores tendían a ser más autoritarios y ahora, en general, lo son menos. El hecho de no poner límites puede provocar problemas de comportamiento en los niños”, ha destacado Guillamón, que admite que el diagnóstico de TDAH en realidad podría enmascarar otros problemas como un estado de ánimo bajo consecuencia de problemas en el contexto familiar.

TDAH: DIFERENCIAS POR SEXOS

Los niños tienen más posibilidades de sufrir hiperactividad que las niñas (la proporción es de 4 a 1), mientras que en el sexo femenino se detectan más casos de déficit de atención. La evaluación de este trastorno debe afrontarse de una manera interdisciplinaria y debe ser un psicólogo, un neurólogo o un neuropsiquiatra el profesional que llegue al diagnóstico tras hablar con los padres y hacer una batería de pruebas al niño. Estas pruebas evalúan la frecuencia o la intensidad de una serie de síntomas que pueden hacer sospechar que el niño o el adolescente sufren hiperactividad e impulsividad o déficit de atención. Por ejemplo, tener dificultades para permanecer sentado, hablar en exceso, interrumpir con frecuencia a los demás, correr o trepar más de la cuenta, responder antes de terminar de formular una pregunta, si se manifiestan de una manera excesiva y en más de un ambiente (por ejemplo en casa y en el centro educativo), son algunos de los síntomas que se asocian a la hiperactividad. En cuanto al déficit de atención, se caracteriza por no prestar atención en detalles o cometer errores por descuido, tener dificultades para organizarse, perder cosas a menudo, distraerse con mucha facilidad, olvidarse de cosas del día a día.
 

TDAH: LAS CONSECUENCIAS PUEDEN SER DIVERSAS


Las consecuencias de estos comportamientos son muy diversas, desde problemas académicos y de comportamiento en la edad escolar hasta problemas laborales o el abuso de sustancias estupefacientes en la edad adulta, si no se ha tratado bien el trastorno. En cuanto a su tratamiento, en el caso de los niños la terapia consiste en modificar patrones de conducta mediante el establecimiento de un sistema de recompensas para comportamientos apropiados y de consecuencias negativas para los inapropiados. También se les ayuda a saberse controlar y a organizarse. El tratamiento implica hacer un entrenamiento a los padres para que sepan manejar el comportamiento del hijo. Por ejemplo, Gordóvil aconseja dar “consignas breves y concretas”, fomentar el contacto visual con la criatura (que te mire a los ojos cuando le hablas), hacerle repetir lo que le dices para asegurarte de que ha entendido bien la consigna y utilizar un lenguaje positivo.
 

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